Mayo 7, 2009

ROSBAL (Nestor Ibarz)

-ROSBAL-

Rosbal era su otro nombre, su personalidad secreta. Cuando estaba sola,  no le gustaba la compañía; tampoco cuando estaba triste o cuando estaba alegre, o sea, casi siempre, Miriam se sentaba en un rincón y se ponía a imaginar la trepidante vida de Rosbal.

Era una tarde de verano, de esas en las que no apetece hacer nada, cuando sonó el timbre de mi casa, y apareció mi tía Doris que, como cada lunes, venía  a hablar con mi madre de sus cosas: ropa, enfermedades y maridos.

-¡Ya no aguanto más! – pensé, y cerré los ojos.

Aparecí en una isla desierta, y de pronto vi  algo grande  que venía hacia mí. Más tarde supe que se trataba de un barco pirata enorme.

- ¿Quieres que te llevemos a dar una vuelta?- me gritaron desde arriba.

Yo dudé, pero al final me dije ¿Y por qué no?

-¿Cómo te llamas?

- Yo, Rosbal, ¿y usted?

-¡Oh, vaya ¡¡Cuánto tiempo hacía que no me trataban de usted! La gente ya me ha perdido respeto…En fin, llámame Capitán.

Me dieron muy bien de cenar y me acosté pronto; pero me levanté sin que me vieran y me fui a investigar por el barco. Era increíble, en todo aquel barco, que era enorme, parecía que solo estuviera yo, y decidí volverme a acostar.

A la mañana siguiente me encontré con el capitán muy enfadado y me dijo:

-Anoche te vi rondando por el barco, y tengo malas noticias para ti.

-¿Cuáles?

- Este barco está maldito desde el principio de los tiempos, pero su maldición solo afecta de noche a los que salen de su camarote; entonces nos comemos a los malditos; siento no habértelo dicho antes, pero somos piratas y nos comportamos como tales, así que no queda más remedio que comerte para evitar que nos transmitas tu maldición. ¡Adelante muchachos! ¡Tenemos carne fresca!

Vi a más de dos centenares de personas; como cambiaba aquello de la noche a la mañana, y nunca mejor dicho. Eché a correr desesperadamente, pero aquel barco parecía no tener fin, y, cuando ya llegaba al extremo, me quedaba atónito, sin saber qué hacer. Correr no tenía sentido, así que decidí parar en seco, pero me pasé de frenada: di una vuelta a la valla que cubría el borde del barco y caí de cabeza al mar. No sabía nadar, y sentí un cosquilleo como si un tiburón acariciase mis pies. Sentí pánico, un pánico que se esfumó  cuando advertí un agujero en su cabeza. Era un delfín, pero no un delfín cualquiera, no, era Rodolfo, mi amigo Rodolfo.

-¡Rosbal! ¿Qué haces tú por aquí?

-¡Rodolfo! ¡Otra vez me has salvado la vida!

Me subí a su lomo y me acercó hasta la orilla. Yo sólo quería descansar.

-¡Miriam!, ¡Ve a despedirte de tu tía!

Justo después de que tía  Doris atravesara la puerta, unos niños le dieron un empujón; y escuché unas palabras que me resultaron familiares:

-¡Malditos niños, me los comería!

Mayo 4, 2009

Relatos curso 2007-08

UN MUNDO SIN LIBROS

RELATOS DE TERROR

Los libros y yo

COLABORACIONES

Queremos que este BLOG se llene de colaboraciones de todo tipo: desde relatos a guiones, pasando por poesía, teatro, reflexiones diversas, noticias, comunicados, etc.

Para participar desde cualquier lugar basta que, una vez redactada tu colaboración en formato word o en otro procesador de textos, lo insertes en el cuadro del comentario (recuerda que resulta muy útil “copiar” y “pegar”).

¡Anímate y participa! Piensa que a todos nosotros lo que nos gusta es “LEER”.

Escribe, crea, imagina, y nosotros te leeremos.

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Mayo 4, 2009

Danny el campeón del mundo (1º ESO)

Rohald Dahl es el autor de “Danny el campeón del mundo”, libro que hemos leído este curso en 1º de ESO.

Presentamos aquí un Power Point en el que aparecen brevemente algunos datos biográficos del autor y algunos de sus libros.

Mayo 4, 2009

Jujú (del Libro de Texto)

Crear una presentación a partir de la asociación entre “párrafo” y “viñeta”.

Mayo 4, 2009

Afganistan en “El pan de la guerra”

Como apoyo al contexto social y cultural del libro que leemos en Primero de ESO, se ha propuesto una presentación en formato Power Point.

Abril 30, 2009

LA OCASIÓN DE LAS PALABRAS (Inés Zugasti)

LA OCASIÓN DE LAS PALABRAS

Andrea se vistió deprisa y corriendo. El vestido azul y las medias blancas le quedaban estupendamente. Se echó hacia atrás la puntilla que recorría el borde del vestido; quedaba más bonito así. Después de calzarse unos lujosos zapatos rojos, salió a la calle con decisión. Caminó el corto espacio que separaba su casa de la plaza del ayuntamiento. Los ojos de Andrea chisporrotearon de alegría al comprobar que su reloj de pulsera no se había equivocado: era día dieciséis, y al día siguiente empezaban las fiestas del pueblo. Atravesó corriendo la plaza, de lado a lado. Sus bonitos zapatos rojos chocaban contra las piedras del suelo, haciendo un ruido muy particular. Agarrándose a la barandilla, Andrea subió las escaleras del ayuntamiento de dos en dos.

 

     Arriba, en el enorme recibidor decorado unos cuadros de acuarela, la niña formuló una pregunta a la secretaria. La mujer asintió con una sonrisa y se adentró en una habitación pequeña, cerrando la puerta tras ella. Volvió con pasos rítmicos y con un folleto de colores chillones en la mano. Se lo tendió a Andrea. La niña lo cogió acompañándolo de un gracias, y desapareció enseguida detrás de un gran portón que separaba esta sala de las escaleras.

 

    Andrea se sentó en un banco próximo al ayuntamiento y se puso a hojear el folleto. Arriba del todo, enmarcado con un recuadro rojo de fondo amarillo, Andrea leyó:

 

LA GRAN OCASIÓN DE LAS PALABRAS

 

Una palabra marcará tu destino.

Una palabra por sólo 20€.

Al alcance de tu mano.

Prueba suerte

 

 

 

Andrea se levantó del banco y echó a correr en dirección a su casa.

 

  • ¡No!- dijo su madre- ¡Ni hablar! No quiero que te juntes con esos vendedores ambulantes de pacotilla que no hacen más que engañar a la gente. Si te doy dinero, te queda totalmente prohibido acercarte a ese … ¿Cómo se hace llamar? ¿Vendedor de palabras? – dijo la madre de Andrea, soltando una risa sarcástica- . ¿Entendido?

  • Vale mamá – dijo Andrea, con una sonrisa de niña buena.

 

Ese día la niña se imaginó a ella misma mil veces sacando una palabra de una bonita caja de cartón. Entonces, ella leía la palabra y se ponía loca de contenta porque le había tocado “belleza”, “alegría” o “amistad”. Al mismo tiempo que le decía a su madre que le había tocado “belleza”, la nariz se le ponía recta, y los dientes ordenados, y en su cara aparecía la imagen de la Bella Durmiente, la película que tantas veces había visto.

 

Cuando Andrea volvió del mundo de la imaginación ya tenía las cosas claras: compraría una palabra, dijese lo que dijese su madre.

Andrea se puso su traje de domingo, después de prometerle a su madre que no lo mancharía, y guardó orgullosamente 25€ en su monedero rosa. Llevaba el pelo recogido con un lazo azul marino y de sus orejas colgaban dos bonitos pendientes con una bola roja cada uno. A sus zapatos negros de broche se les notaba la reciente cepillada y la mano de betún que les había dado su made.

 

Apretando el bolsillo derecho donde había guardado el monedero, Andrea bajó las escaleras de su casa y se dirigió hacia la Plaza del Mercado, a paso ligero.

 

A causa del suave viento que corría en el pueblo, el vuelo de su vestido se levantaba continuamente y dejaba al descubierto dos muslos bastante regordetes y blancos.

 

A medida que Andrea se iba acercando a la Plaza del Mercado, el bullicio se iba haciendo más audible. Se notaba que todos los puestos se estaban empezando a montar.

 

Andrea respiró hondo y miró hacia su derecha; no se había equivocado. Ese olor a pino no podía ser más que el del puesto de figuritas de madera que montaba todos los años el viejo Pedro, el carpintero. Las figuras estaban ya puestas en fila, de una en una, a la vista de todo el mundo.

 

Enfrente, el puesto de verduras que llevaba Juana estaba a medio montar. Las lechugas frescas, los tomates maduros y las patatas amarillas estaban en una vieja barquilla, en el suelo. En el sitio que siempre ocupaba el puesto, Juana, ayudada por su hija, montaba un toldo verde en el que podía leerse: “Recién cogidas”.

 

Andrea dio la vuelta a un pilar y se encontró un hueco vacío. Un hueco vacío en medio de todo el trajín de ida y vuelta de cajas, mercancías y toldos. Allí siempre se ponían los mercaderes ambulantes, quienes llegaban muy pronto, casi los primeros. Nunca se retrasaban. Andrea tragó saliva pensando en el vendedor de palabras. Le costaba creer que todo ese montaje fuese una simple mentira para atraer a la gente al mercado.

 

La niña decidió dar una vuelta por todos los puestos, pensando que el mercader llegaría más tarde. Cuando Andrea ya iba a visitar el decimoséptimo puesto, un carro tirado por dos pequeños mulos bajó la cuesta de acceso a la plaza. Dentro de él estaba un viejo con una barba milenaria llena de migas de pan. En sus callosas manos llevaba un cofre sucio, polvoriento, muy antiguo. El carro paró enfrente del hueco vacío que Andrea había visto antes. El viejo se bajó del carro ayundándose de un bastón de madera que amenazaba con quebrarse a cada paso que daba en anciano.

 

Extendió una simple manta en el suelo y puso el cofre encima de ella. Con una voz extrañamente fuerte para su edad, el viejo se puso a gritar: ¡Palabras! ¡Vendo palabras!

 

Para cuando Andrea llegó jadeando al puesto, ya había tres personas esperando en fila. La primera se adelantó, y el viejo harapiento le susurró algo al oído. Después, el cliente se agachó y metió la mano en el cofre, a través de una ranura practicada a un lado. Al extraer la mano, ésta venía acompañada de un papel en el que ponía: “Felicidad”.

El agraciado con la “felicidad” dio un chillido de alegría y se fue contentísimo. Con el siguiente pasó lo mismo, y con el tercero, también. Les salieron palabras dulces y hermosas, y Andrea pensó en qué don le tocaría a ella.

 

El viejo le hizo una seña para que se acercase y le dijo al oído: ¿Tienes los 20€? Al ver el billete que le tendía Andrea, el anciano sonrió y con un geste con la cabeza le invitó a coger una palabra. Andrea metió la mano dentro del cofre. Allí notó un cambio brusco de temperatura. Dentro hacía frío. Después de tocar miles de trocitos de papel, la niña escogió uno. Lo sacó del cofre con un rápido movimiento y lo leyó: “MENTIRAS”.

 

A Andrea se le emborronó la vista y dos gruesos lagrimones le recorrieron el rostro, seguidos de muchos más. Alguien, entre la fila de espera, le preguntó: ¿Qué te ha tocado, Andrea? Con el papel en la mano y sintiéndose muy desgraciada, respondió:

 

  • No, no, nada malo. Todo lo contrario –dijo Andrea- lo único que me pasa es que me ha entrado algo en el ojo y no puedo parar de llorar –respondió la pobre niña-.Ella ya sabía que ésa iba a ser su primera mentira, pero no la última.

 

 

Inés Zugasti 1º B

 

 

Abril 29, 2009

La caja negra (Aurelio Trigueros)

LA CAJA NEGRA

    Durante toda la semana estuvimos leyendo en primero de ESO relatos que iban a ser incluidos en el género de “cuentos de miedo”. Antes, y entre todos los alumnos, habíamos enumerado en la clase los ingredientes que podían formar parte de una cocina que llamaríamos “la cocina del terror”.

   A mi me gustaba leerlos en voz alta. Y, al terminar, preguntaba si en algún momento alguien había sentido miedo. Casi todos me decían que no; otros, que no mucho; y algunos, que nada. Pero yo insistía en que lo importante era ponerse en situación, buscar espacios para esas historias, ambientes que permitieran situaciones extrañas, personajes vinculados al mundo del terror y del miedo, y llenar todo el conjunto de sensaciones de angustia, de pánico, de espanto.

   Cada uno, y a su manera, fue contando sus ficciones, sus experiencias recogidas a través de sus lecturas, del cine, del cómic, o de lo que había oído contar en algún momento de su vida. Todos, según creo, pusieron su empeño en contar aquellos sucesos que habían inventado con mayor o menor acierto. Luego, sus compañeros los revivirían a través de mi voz y de las suyas.

Semana del Terror en el Insti

   Pasé así dos clases o tres reviviendo las fabulaciones de Rubén, Damaris, Elena, Kamile, José Luis, Nuria, Marta y Gemma. Los demás, entre ellos, Tunay, Óscar, Gyokhan, Ángela y Nathalie también pedían que sus personajes tuvieran su eco en las paredes de la clase. Y mientras, otros como Raúl, Mar, África escuchaban atentamente. En cambio Medhi, Josua, Andrea y Jordi parecían estar ausentes.

Decoración biblioteca Insti

   La ambientación del vestíbulo y de la biblioteca nos había sorprendido a todos: allí convivían el Hombre Lobo, Drácula, Momias Vivientes, una araña de ojos maliciosos, gatos negros, vampiros, murciélagos, búhos… Además, en el centro, varios ataúdes – eso sí, llenos de novelas y cuentos de terror- compartían el escenario con dos largas y enormes cortinas negras que, adornadas con cruces de cementerio, se extendían desde la barandilla superior de la parte frontal hasta el suelo.

   Para acceder a la biblioteca, su pasillo, cuyo aspecto había cambiado por ese toque casi tenebroso de más de cien ojos sangrientos, elaborados en papel, nos conducía por un laberinto perverso y ahora desconocido. En la biblioteca, cuando entrabas, quisieras o no, penetrabas en una continuidad tétrica, negra, oscura, en donde las lápidas y las hornacinas con muñecas rotas presidían el espacio. La biblioteca con sus estanterías y sus libros había literalmente desaparecido: el placer de la lectura, de la visión de sus libros, de las ilustraciones de sus portadas, el color haya de sus mesas y sillas, se habían transformado en algo inusual, lóbrego, sombrío, fúnebre, enigmático.

Ambientación Vestíbulo

   Pero todo era simplemente un juego ambiental, creado artificialmente con telas, cartulinas y papeles negros, adornados con figuras y formas humanas sacadas de ficciones literarias.


Drácula

   Sin embargo, algo presagiaba que todo no acabaría aquí. Y fue cierto. Tan cierto como la caja que alguien me dejó en la mesita de noche este domingo a las tres de la madrugada y que tengo ahora sobre la mesa.

   Sonó el teléfono y una voz ronca, temerosa y susurrante me comunicó que había saltado la alarma del Instituto en la planta segunda, en donde estaban las aulas de primero de ESO. Cuando intenté decirle que probara de nuevo a poner la alarma, ya habían colgado.

   Me vestí, bajé a la calle, cruce hasta el garaje, puse en marcha el automóvil, un Ford-Focus azulado de 1999, y corrí hacia el Instituto. Abrí primero la puerta de la valla, después atravesé el patio, y, por fin, la puerta de entrada del edificio viejo. Se oía desde fuera la alarma, pero su sonido no era el de siempre, era como un gemido largo, doloroso, penetrante, que poco a poco se hacía más intenso, y llenaba la noche de espanto sonoro, de ruidos entrecortados, de susurros inacabables.

   La puerta se abrió sola, despacio, muy despacio, chirriando de un modo ensordecedor, monótono, como si alguien me invitara a entrar en un mundo desconocido, en donde algo espantoso podría ocurrir. Las luces del vestíbulo se encendían  y apagaban al ritmo de una música aguda, fuerte, indescriptible, un clamor de chillidos que iban abatiendo mis oídos, y las velas, repartidas en círculos siniestros por el suelo, ardían crepitando en un largo vaivén de llamas agónicas que hacían el espacio irrespirable. Un soplo maléfico oprimió mi garganta ahogándome, asfixiándome, dejándome inmóvil por un instante, insensible y paralizado.

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   Intenté llegar a Consejería, desde donde pensaba llamar por teléfono a la Guardia Civil o a la Policía Municipal, pero entonces, y sólo entonces, escuché un alarido aterrador que salía de los ataúdes en los que por la mañana sólo había libros. Ahora, sin embargo, figuras casi humanas, envueltas en largos velos fúnebres, crecían a lo largo del vestíbulo… y se movían. Sí, se movían lentamente y venían hacia mí. Las telas negras del techo se transformaron en murciélagos diabólicos que mostraban, una y otra vez, sus colmillos repugnantes, sucios, negros, manchados de tintes rojos, sangrientos, brillantes. Y volaban a mi alrededor. La araña de la entrada adquiría proporciones sobrehumanas: sus patas eran ahora tentáculos gelatinosos de más de un metro; sus ojos negro azabache, ensanchados y agrietados por la cólera, me miraban con feroz indignación; y su movimiento era acompasado, rápido, certero, y en una dirección muy precisa: yo era el objetivo de su odio y la presa que quería alcanzar. El hombre lobo, al fondo, con sus fauces sangrientas, sus garras amenazadoras y su aullido desgarrador, se unió a las momias que resurgían con suspiros demoníacos, al mismo tiempo que, desatando violentamente con sus manos pálidas y trémulas los jirones de las vendas y paños que las recubrían, iban volviendo a la vida. El hombre vampiro, que estaba junto a la araña, lanzó un grito salvaje, brutal, estrepitoso, y se llenaron las órbitas de sus ojos de carmín, al mismo tiempo que sus largos y afilados colmillos mostraban sus ansias y sus carencias de sangre humana.

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      Yo estaba aterrado por esta confluencia perversa y cruel de seres que parecían de ultratumba y permanecí inmóvil. No sabía donde mirar, así que imaginé que un lugar seguro podría ser la biblioteca, pero veía difícil poder llegar hasta allí. Y me acordé del pasillo, de los cientos de ojos que colgaban de sus paredes, de sus formas amenazadoras, del olvido de sus antiguos dueños. Pero un silbido agudo me sacó del ensimismamiento en el que había caído. Hacia mí, y sin que pudiera evitarlo, volaban ingrávidos, veloces y puntiagudos como cuchillas los ojos que, en este instante, sí tenían dueños. Rubén, Damaris, Elena, Kamile, José Luis, Nuria, Marta y Gemma y los demás formaban ahora un mundo de espectros que se unían al creciente tumulto de risas y voces ahogadas que taladraban mis oídos y amedrentaban mi ánimo.  

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   No sé cómo sucedió ni me importa, pero pude alcanzar la puerta del ascensor acristalado que está al fondo, y me metí en él. Allí creía que estaría a salvo y que no oiría más sonidos estridentes ni amenazantes. Pero no fue así. La puerta del aula de Dibujo, situada en la primera planta, retumbó como si hubiera habido una detonación, una explosión de maullidos, una fuerza incontenible y seca de gritos inhumanos. Un susurro espeluznante acompañaba a la figura deforme que iba arañando  las puertas a medida que avanzaba. Primero, el departamento de Historia, luego, el de Lengua, después, el de Filosofía y, finalmente, el Aula de 3º. Desde donde estaba, pegada mi frente a los cristales del ascensor, pude ver allá arriba, en el rellano de la escalera, como la presencia de un gato negro, que corría ahora furibundo por las escaleras hacia abajo, atemorizaba a quienes en este mismo momento rodeaban el ascensor mostrándome su garras, sus dientes, sus ojos sangrientos, su mirada asesina. Bastó su presencia sórdida para tranquilizarme y para alejar de allí a todos esos seres espeluznantes ansiosos de venganza.

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  Tal vez un segundo después, el cuerpo deforme del gato se deshacía en el último peldaño, viscoso, grasiento, resbaladizo, al mismo tiempo que desaparecía pudriéndose y dejando tras de sí un intenso olor fétido y maloliente que se transformaba en una cajita negra.

    No supe qué pudo ocurrir después, ni cómo volví a casa. Sólo sé que al levantarme hoy para venir a clase, estaba sobre la mesita, al lado del despertador, esa cajita negra, luminosa y brillante, que debió salvarme de los infiernos.

   Y,  si he querido contároslo hoy, es porque durante estos tres días que nos quedan hasta le fiesta de “Todos los Santos” pudieran ocurrir situaciones y circunstancias especiales a cualquiera de vosotros. Sin embargo, y por si acaso, dejáremos en la entrada esta cajita negra que aún no sé cómo llegó a mis manos. Sin embargo, estoy convencido que esta cajita posee un poder especial, y no por ella, sino por los antídotos secretos que encierra. Y si alguno de vosotros se atreve a abrirla, es posible que halle alguno de los ingredientes de vuestra “cocina del terror”.

Aurelio Trigueros.

Abril 26, 2009

LA CASA DEL BOSQUE (Esther Casas)

LA CASA DEL BOSQUE

Vacía y solitaria. Vacía y solitaria, así estaba la casa del bosque Tras una inmensa espesa capa verde oscura, y entre troncos y ramas caídas, se encontraba ella. Hacía años que nadie pasaba por allí, pues las leyendas sobre la casa podían con el carácter y alma de hasta la persona más valiente. Sus espeluznantes historias recorrían de parte a parte el cuerpo hasta llegar a la nuca, donde hacían que se erizara todo el vello. Estaba en casa mirándome frente al espejo que hay nada más entrar. Tenía unas enormes ojeras bajo mis ojos, de un tono grisáceo desde hacía varias noches. Era época de exámenes y la mayoría de las horas, las pasaba estudiando.

Miré el reloj, la una y media de la madrugada, hacía rato que había cenado y estaba sentada encima de la cama. Normalmente, estaría ya durmiendo o, como en la última semana, estaría estudiando, pero no, miraba fijamente al techo como un mar negro ante mí, y la conciencia muy poco tranquila, por algo que llevaba varios días rondándome la cabeza y ocupando cada uno, cada vez con mayor intensidad, de mis pensamientos. Sabía que había algo en mí que no estaba tranquilo, tenía algo que no me dejaba descansar y eso me preocupaba.

A la mañana siguiente, al levantarme fui directa al baño a tomar una ducha, necesitaba despejarme, me faltaban horas de sueño y mi cuerpo no respondía a mis impulsos. La ducha me sentó bien. Salí de casa con todos los libros y me fui para clase. Pasillos llenos de gente, voces altas, todo molestaba en mi cabeza, los gritos de los alumnos, los profesores con sus diversos argumentos, el ruido de la tiza sobre la pizarra, la aguja del reloj de mí compañero. Cada vez eran sonidos más débiles los que se colaban en mi cabeza y producían ese gran malestar. Salí antes de lo habitual de clase, hablé con el profesor y le dije que no me encontraba bien, necesitaba marcharme a casa. Atravesé la puerta del instituto y una suave brisa acarició mi cara, eso era lo que necesitaba; aire, sensación de libertad y bienestar. Con esa armonía decidí no ir hacia casa tan pronto y dar un breve paseo por el parque cercano. Crucé la carretera y vi a lo lejos el sol escondido entre la verde espesura; la verdad es que daban ganas de pasear por los senderos entre aquella naturaleza viva que predominaba. No creía que algo tan maravilloso tuviera esas horribles y terroríficas historias que hacían que la gente se alejara de aquel lugar.

La primera historia que escuché sobre el caso fue en casa de mi abuela, la noche de Todos Los Santos. Sentados alrededor de la butaca marrón del comedor, rodeando a mi abuela, esperábamos todos los nietos impacientes sus habituales cuentos y relatos que impedían que durmieras esa noche, y tal vez, como hizo esta, las siguientes, y siguientes, hasta que la historia fue comiéndome poco a poco. Así empezó mi abuela: – Todo comenzó el día de Todos Los Santos del año 1956. La gente en sus casas, la preparaba con ánimo y pasaban toda la semana anterior preparando ramos y ramilletes, y flores y rosas,y todo lo necesario para ir a visitar las lápidas de sus seres queridos. Esa misma tarde llegó al pueblo una familia de la ciudad vecina. Venían a vivir una temporada, porque, según contaban en su ciudad se había perdido el juicio y era todo un total caos. Muy pronto los vecinos hicieron buenas migas con ellos. Con su ayuda y la de gran parte del pueblo les construyeron una bonita casa en el medio del bosque. La familia estaba más que feliz, era una alegría ver que en poco tiempo habían conseguido tanto.

Vivían en la hermosa casa, con grandes ventanales de madera, un tejado reluciente y sobre él, una chimenea que en los días más fríos de invierno, desprendía largas nubes de humo que se perdían en el oscuro cielo de la noche. Los niños, de siete y once años, jugaban en los alrededores del bosque; la madre trabajaba en casa todo el día y atendía a los niños, y el padre trabajaba de leñador al otro lado del pueblo.

Pasaron unos días y la gente no supo nada de la familia. Todos estaban muy extrañados, y tres días sin ser vistos era algo preocupante. Decidieron ir a la casa y ver qué era lo que había ocurrido. Entraron, la puerta estaba medio abierta. Atravesaron el largo y oscuro pasillo que conducía a la habitación de los niños y allí estaban, como nadie se los hubiera querido encontrar, como nadie se los hubiera esperado encontrar y como nadie hubiera deseado que se encontraran de esa manera, tumbados en el suelo, con un pequeño pero profundo corte en la frente, yaciendo sobre un mar rojo oscuro. El olor era nauseabundo y la imagen espantosa, de modo que todos los vecinos salieron corriendo de ahí pidiendo auxilio. En el pueblo la ayuda no era muy grande, así que algunos hombres, a caballo fueron a avisar a la ciudad vecina de lo ocurrido, porque al ser la familia de allí creyeron que debían saberlo. Pero, cual fue su sorpresa, cuando al llega, y comunicar lo ocurrido, les dijeron que la familia había fallecido hacía cinco años en esa misma ciudad. Los hombres se quedaron de piedra, no podía ser posible. De modo que, ¿todo lo que habían visto, olido, lo que les había asustado, no era más que una mentira? No, no podía ser, rotundamente no. No podía ser una locura, todo el pueblo había visto lo ocurrido. Al llegar a sus casas se lo comunicaron al resto de la gente y volvieron a adentrarse en el bosque. Atravesaron de nuevo el pasillo, haciendo crujir las maderas del suelo en cada paso tímido e inseguro que daban hasta cruzarlo y entrar en la habitación y ver nada, nada, exacto. Ahora sí que todo era una gran locura, no había nadie yaciendo en el suelo, nadie desangrándose, nadie vaciando su vida sobre aquella alfombra roja. Asustados y con un pánico inquietante, salieron los vecinos de la casa, huyendo del bosque sin volver nunca más a adentrarse en él, ni siquiera a hablar del tema. Estaba ya todo olvidado. Pero cada noche de Todos Los Santos, alguien cercano al bosque desaparecía, aumentando en cada uno de los corazones de los habitantes el terror…

El relato de mi abuela finalizó así. Quería un final, algo sólido, pero mi abuela dijo que con eso ya teníamos suficiente, quería que durmiésemos tranquilos. Mis primos estaban asustados, pero yo sabía que aquella historia no era para nada más que para dejarnos una huella en la noche de Todos Los Santos. Nos acostamos, pese a que tenía bastante sueño, y los párpados se me iban cerrando lentamente, no conseguía conciliar el sueño. Desde entonces, cada vez que paso por delante del bosque, me acuerdo de aquella noche, que si la historia hubiera sido del todo falsa, mis pensamientos dejarían de presionar las paredes de mi cabeza, con rotundos golpes y me dejarían en paz. Decidí sumergirme en el mar verde y ver con mis propios ojos lo que aquellas gentes del año 1956 habían visto. El sol se colaba entre las ramas y jirones espumosos de los árboles hasta atravesarlos y llegar finalmente al duro suelo. Seguí caminando un buen rato, hasta que a lo lejos divisé una vieja y pequeña casa. Me acerqué a ella pensando que tal vez fuese la protagonista de la historia de mi abuela. Ya estaba allí, frente a ella, unos ventanales de madera corroídos por la humedad y el tiempo, un tejado roto, en ruinas y los restos de lo que debía de haber sido una chimenea. Ahora ya no salía humo por ella.

Con valor entré en la casa. Cruzaba el pasillo lentamente, desconfiando de mi misma, girándome de delante hacia atrás constantemente, escuchando el crujir de la madera con mis pasos, como con los pasos de los vecinos que una vez atravesaron ese mismo pasillo, con el mismo miedo, con la misma inquietud, con que lo estaba haciendo yo ahora. Llegué a la habitación de los niños, no había nadie. Dos camas rotas y desgastadas por el paso del tiempo y del olvido sobre ellas, una ventana con el cristal roto y restos personales sobre el suelo. Estaba todo en silencio, el miedo lo había dejado a un lado y la curiosidad me podía más, iba recorriendo poco a poco e inseguramente todos los rincones de la casa, oía a mi propia sombra seguirme, el aire vacío tras de mí, cuando de repente escuché un lamento, un gemido procedente de la habitación de los niños. Me quedé paralizada, el miedo se había vuelto a apoderar de mí, no podía reaccionar, mi cabeza pensaba: “corre, escapa”, pero mis piernas aún no respondían. Otra vez, el lamento sonó pero con más intensidad. Con un ahogo en mi garganta y el valor inesperado que encontré en un rincón de mi cuerpo me dirigí hacia la habitación. No había nadie. Definitivamente mi imaginación me había jugado una mala pasada, pero estaba tan segura de haber escuchado ese lamento… Decidí marchar.Había oscurecido y atravesaba deprisa el bosque para llegar a casa y no pensar más en el tema. Seguramente mis padres debían de estar preguntándose dónde había estado, es más debían de estar muy preocupados, en el caso de que el profesor hubiera llamado a casa y les hubiera preguntado por mí. De todas maneras debería haber llegado, así que apresuré más mi paso. Pensando que les iba a decir a mis padres como excusa, escuchando cómo sonaba lo que diría en mi cabeza, algo atravesó mis pensamientos con una enorme fuerza; el lamento. Ahora sí, estaba totalmente segura que ese lamento no sólo era producto de mi imaginación, sabía que realmente había ocurrido en la casa y decidí volver al día siguiente.

Mis padres estaban frente al espejo de la entrada esperándome con el nerviosismo que todos tenemos en esoso momentos, pero intentando, a la vez, poner cara de enfado, que era lo que realmente sentían en esos momentos. Lo que vino a continuación fue una avalancha de preguntas, sin darme tiempo a dar una sola respuesta. Así que, sin hacer caso de lo que gritaban desde la entrada, y en lugar de ir hacia el comedor, que era a donde yo me dirigía, cambié de dirección y me fui a mi cuarto. Me puse el pijama y me tumbé en la cama. Apagué la luz, estaba demasiado cansada como para pensar en todo lo que había hecho y poco a poco me dormí. Recuerdo perfectamente el sueño que tuve, estaba en medio de la oscuridad, y unas bocas se me acercaban y susurraban en mi oído um y otra vez el aterrador lamento. Cada vez más fuerte, cada vez más cerca y mi cabeza llegaba a tal punto que estallaba de dolor y de pánico. Al despertarme, tenía la cara pálida, y un sudor frío resbalaba por mi frente. Ese lamento era demasiado, se me había metido dentro y no conseguía sacármelo de la cabeza. Fuera lo que fuese, debía ir a la casa del bosque a averiguar qué era lo que había desprendido ese lamento que llevaba persiguiéndome todo un día. Esa mañana no fui a clase. Salí a la hora normal de casa, y, cambiando mi rumbo, me dirigí hacia el bosque. De nuevo entré en la casa, esta vez me daba igua lo que hubiese, sólo quería saber qué era. Claro estaba que conocía el pasillo, pero todavía era más oscuro y estrecho que el día anterior. Mis pasos se iban acercando a la habitación, aunque andaba lentamente, el crujido sonaba más fuerte aún. Asomé la cabeza en la habitación, pero, de repente, algo me tocó la espalda. Me giré, el miedo estaba en mis ojos, no quería saber lo que era, o sí, tal vez, estaba demasiado nerviosa. Miré mi hombro, solamente era un trozo de techo que se había desprendido, solamente eso, no tenía por qué preocuparme. Pero al girar la cabeza hacia la habitación, allí estaban ellos, como nadie se los hubiera querido encontrar, como nadie se los hubiera esperado encontrar y como nadie hubiera deseado encontrarlos. Tumbados en el suelo, con un pequeño pero profundo corte en la frente, yaciendo sobre un mar rojo oscuro. Corrí, pero fue en vano, sentía como una telaraña gigante agarrándose a mí, sin dejarme escapar, espesa, como el bosque, como mis pensamientos durante los últimos días, como mi vida, como todo…tal vez me desmayé, quizás, pero no estoy totalmente segura; si hice eso, nunca más me volví a despertar; porque ahora no sé donde estoy, ni si estoy viva, sólo se que soy un lamento más de los que destruyeron mi cabeza…

ESTHER CASAS DUESO

Abril 26, 2009

EL MENSAJE (Carla Azanuy)

EL MENSAJE

Aquella tarde, como casi cada día, me conecte en el “Messenger”.

Era ya casi de noche y mis padres, junto con mi hermana pequeña, habían salido de fin de semana.

Tras poner mi dirección y la contraseña que me permitía acceder a este programa, apreté el botón de entrar.

La primera pantalla que vi me avisaba de que tenía un nuevo mensaje. La dirección no la conocía pero, tras una larga deliberación, decidí abrirlo.

El mensaje contenía unas frases muy extrañas donde me amenazaban de que aquella noche moriría; pero no me asusté ya que normalmente hay mucha gente por la red que manda este tipo de mensajes.

Pero, al ir bajando el ratón, comprobé que este individuo iba en serio, ya que ponía mi dirección…

Giré la cabeza para confirmar que no había nadie detrás; y, en efecto, no había nadie.

Decidí apagar el ordenador e ir a llamar a mis padres para así olvidarme de aquella horrible pesadilla.

Pero, ¿cómo poder olvidarme si fue la última historia que viví?

Carla Azanuy Agustín 2ºC

Abril 26, 2009

LA NOCHE OSCURA (Daniel Ríos)

LA NOCHE OSCURA

Hola, soy el investigador de sucesos paranormales número 67. Hasta ayer, todos los sucesos se han descubierto y siempre han sido bromistas o sucesos normales pero que se han exagerado. Pero ayer fue muy extraño. Es una desaparición de una familia de tres miembros encontramos un diario del hijo que decía:

“20-10-07

Esta noche estoy un poco preocupado porque mi padre y mi madre han ido a tirar la basura y aún no han vuelto. He mirado por la ventana y sólo he visto porquerías por el suelo, seguramente de la basura de mis padres. Voy a bajar.”

Preguntamos a los vecinos, todos dijeron que no habían oído nada, pero al preguntar a una mujer, nos oyó un vagabundo y nos dijo:

“Yo oí algo, estaba todo oscuro, creo que la noche más oscura que ha habido nunca. Yo vi a la pareja que se dirigían al contenedor. De pronto, se apagaron todas las luces y desaparecieron. Los absorbió la oscuridad”

Después se fue corriendo, saltando y riéndose. En un primer momento pensé que ese vagabundo estaba loco, pero, ¿y si tenía razón? ¿los podría haber absorbido la oscuridad?

DANIEL RÍOS

Abril 26, 2009

EL MALDITO EDIFICIO (Eva Alarcón)

EL MALDITO EDIFICIO

Lucas vivía en un pequeño pueblo cerca de Madrid, conocido por el famoso psiquiátrico con muchos años de antigüedad. El bloque en el que vivía era viejo. Las paredes estaban desconchadas y los fluorescentes no paraban de parpadear. El ascensor raras veces iba; por suerte, Lucas era joven y estaba en forma; aun así, vivía en el penúltimo piso, el 6º.

El edificio no estaba completamente habitado: sólo el 2ºA, en el que vivía una anciana; el 3ºA, en el que vivían los Gutiérrez, un matrimonio cuarentón; el 3ºB, donde habitaba una pareja bastantes extraña; el 5ºA, ocupado por un viejo viudo que escribía cuentos de terror; el 5ºB, en el que pocas veces se dejaba ver la joven drogadicta y, por último, el 6ºA, que era el que habitaba Lucas.

Eran las cuatro de la tarde. Lucas leía un libro a la vez que devoraba una galleta con pepitas de chocolate que esa misma mañana había comprado. Poco a poco, se le iban cerrando los ojos. Lucas se había dormido sin apenas darse cuenta.

Ya eran las ocho y media. Las horas habían pasado como si de pocos minutos se tratara. Una ráfaga de aire fresco golpeó contra su cara. Rápidamente, despertó. Miró por todo su alrededor, pero no vio nada raro. Encendió la tele, pero un apagón dejó a oscuras todo el bloque. De repente, empezaron a oírse chillidos por todo el edificio. Los habitantes salieron corriendo de sus casas y se reunieron para ir a ver el problema. El viejo escritor fue el último en salir y comentó que todos tenían que volver a sus casas y cerrarse lo antes posible: había desaparecido un loco del manicomio. Así pues, en todo el bloque comenzaron a sonar los portazos de las puertas y las llaves dando vueltas a los cerrojos.

Un pequeño escalofrío recorrió todo el cuerpo de Lucas. No tenía velas en casa; aun así, prefirió quedarse solo y tumbarse en su cama. Fuertes pasos empezaron a sonar en el tercer piso. Lucas no aguantó más, quería ver todo cuanto pudiese. Por suerte, Lucas no se había cerrado con cerrojo; así, le fue fácil no hacer ni el mínimo ruido. Primero miró por la mirilla: no había nadie o, al menos, él no vio nada. Empujó hacia la derecha el pomo de la puerta, sacó su cabeza y después su pie izquierdo, a continuación su pie derecho. Ajustó la puerta. Poco a poco fue bajando las escaleras, ayudándose de la barandilla. Un insignificante ruído le podía costar la vida. Nada nuevo. La puerta de los Gutiérrez estaba abierta. Sigilosamente entró, sus piernas temblaban. Cada vez se arrepentía más de lo que estaba haciendo, pero aún más de haberse comprado un piso en ese maldito edificio. Lucas bajó la mirada, pequeñas gotas de sangre pintaban de un rojo vivo el parquet del piso del matrimonio. De repente, alzó la mirada. Los Gutiérrez colgaban de unos oxidados ganchos y, lo que era peor, aún estaban vivos. Lucas estubo a punto de desmayarse, pero no, tan solo derramó unas pocas lágrimas. Volvió a mirar a la mujer, sus ojos le intentaban decir algo que él no podía captar. Hizo grandes esfuerzos por entender lo que le intentaba decir, pero ya era demasiado tarde, el desconocido apareció por detrás e intentó asfixiarlo, pero no lo logró, ya que Lucas se había llevado consigo un cuchillo; así pues, con toda la rabia contenida, se lo clavó en la pierna y huyó. No podía ir muy lejos, tarde o temprano sabía que lo encontrarían, pero lo primero que se le ocurrió fue ir a ver al portero. Éste yacía sobre el suelo con una plateada pluma clavada en el ojo y un gran corte en las venas. Estoy atrapado, eso es lo que pensó Lucas. Buscó las llaves de todos los pisos, pero no estaban por ningún lado, tampoco estaban en los bolsillos del portero. Se escondió debajo del escritotrio. Sacó el móvil y probó a llamar a la policía. No había cobertura. Empezaron a oírse pasos de alguien que cojeaba; evidentemente, suponía que era a quien le había clavado el cuchillo. Los pasos se detuvieron muy cerca de él; por suerte, no llegó a ver, los pasos se alejaron. Volvió a sacar el móvil.Una raya de cobertura aparecía y desaparecía al unísono. Marcó el número y un agente de policía contestó. Lucas brevemente dijo que un psicópata se encaontraba entre ellos, que allí estaba el loco que se había escapado del manicomio, se pudo oír clarramente una carcajada por parte del agente. La conexión se cortó. Las luces volvieron. Repentinamente, la puerta principal ya estaba abierta. Todo lo que había sucedido era muy extraño. Lucas pensó que, por fin, el loco ya se había largado, así que salió de su escondite y subió las escaleras. Todo el vecindario, excepto el viejo del 5ºA (que aún seguía en casa sin querer salir), estaba reunido en el 3ºA observando la desgracia. El matrimonio ya estaba muerto.

Llegó el día más deseado por Lucas, se iba a vivir con sus padres, lejos de todas esas malditas historias en las que casi pierde la vida. Prefirió no despedirse de nadie, ya que, con ninguno de los vecinos, mantenía ninguna rrelación parecida a la amistad. Cuando ya estaba a punto de entrar en el coche con sus maletas, miró hacia atrás. En la puerta principal se encantraba el viejo escritor, con una venda en el musloo manchada de sangre. El viudo esbozó una pequeña sonrisa, Lucas cerró la puerta del coche y obligó al conductor a que arrancará cuanto antes. Durante el viaje, Lucas pensó que las piezas del rompecabezas empezaban a encajar totalmente.

El viejo siempre había escrito libros de terror, hasta el extremo de vivirlos tanto que llegó a cumplirlos. Primero mató a su esposa, y luego al llegar allí, quiso matarlos a todos uno a uno, aprovechando un forzoso apagón, y diciendo que un loco se había escapdo del psiquiátrico. Lo primero que hizo fue matar al portero con lo que llevaba, en este caso una pluma que le clavó en el ojo, y luego le quitó las llaves para poder abrir todas las puertas. Empezó por el matrimonio. Eran gente de lo más normal, por lo que eran una presa fácil. Por último, al ver que Lucas podía descubrirlo, pensó que lo mejor era que volviese la luz y hacer como si no hubiese pasado nada

EVA ALARCÓN CRUZ

Abril 26, 2009

LAS PALABRAS DE MI DICTADO TOMAN VIDA (Rubén Companys)

LAS PALABRAS DE MI DICTADO TOMAN VIDA

En Estados Unidos, en una ciudad riquísima, un niño llamado Juan Francisco regresaba del colegio. Llevaba un papel en la mano que era un dictado muy difícil en el que había sacado un diez. Su madre lo colgó en la habitación de su hijo toda orgullosa. Ocurrió algo y un obelisco salió del papel. Tenía dos poderes que eran: aparecer y desaparecer, y crear siete únicos siervos. Los creó y les dio poderes.

El primero se llamaba Santofrojo, apodado con el nombre “salvavidas”. Su poder consistía en revivir a la persona u objeto que quisiese, incluido él mismo.

El segundo se llamaba Mafrojo, apodado con el nombre “rompehuesos”. Su poder consistía en hacer crujidos dentro de las personas y romperles los huesos.

El tercero se llamaba Catifrojo, apodado con el nombre “sin fondo”. Su poder consistía en hacer huecos gigantes en el suelo que no tenían fondo.

El cuarto se llamaba Esfrojo, apodado con el nombre “el mandón”. Su poder consistía en dirigir a los otros siervos.

El quinto se llamaba Manfrojo, apodado con el nombre “doble”. Su poder consistía en transformarse cuando quisiese en un bicéfalo.

El sexto se llamaba Penfrojo, apodado con el nombre “minúsculo”. Su poder consistía en transformarse cuando quisiese en un microbio.

Y el séptimo se llamaba Lafrojo, apodado con el nombre “salamandra”. Su poder consistía en transformarse en un anfibio.

El niño subía las escaleras hacía su habitación. Abrió la puerta y se desmayó. Ya no se levantó, rompehuesos había acabado con la vida de Juan Francisco. A partir de ese momento el obelisco se llamaría rey de la oscuridad. Las muertes siguieron y se adueñaron de la casa: primero, la madre, y luego el padre.

Todos se reunieron en el desván para ver de qué modo podrían evitar más muertes. Había una gran mesa de madera con un mantel viejo, pero bordado cuidadosamente con unas rosas, una chimenea que parecía que llevara un millón de años sin ser utilizada. Apenas se veía nada de nada, suerte de Salamandra que se convirtió en el anfibio que llevaba de mote y la encendió de manera que todo el desván quedara iluminado. Esta vez se observaban también botellas de alcohol, vasos y vajillas viejas y un jarrón que parecía de lujo, pero que estaba roto.

El plan era destruir a los humanos y apoderarse del mundo. Como en todas las bandas había un bueno que era Salamandra. Ella se hacía la tonta esperando su momento, pues si destruía al rey de la oscuridad acabaría con todos, pero también con él. Si no destruía al obelisco, matarían a la humanidad utilizando siempre el poder de revivir.

- Mañana a las nueve y media de la mañana acabaremos con este pueblucho al que llaman ciudad.

Así quedó todo. Esa noche Salamandra no durmió pensando en cómo destruir al rey de la oscuridad. Quemar la casa no podía, porque el obelisco desaparecería. Continuó pensando y llegó a la conclusión de que, si el obelisco puede crear a siete siervos, el también puede. Estuvo investigando en Internet, en el ordenador de Juan Francisco, y descubrió que el podía crear un siervo. No tenía tiempo y, sin estudiar el hechizo, creó a un vizconde. Para su sorpresa podía hipnotizar a una sola persona y estaba claro a quien iba a hipnotizar, al salvavidas.

Lentamente el vizconde se fue acercando a la cama donde dormía plácidamente el salvavidas. El siervo de Salamandra sacó una brújula, despertó al salvavidas y con un suave giro de muñeca lo hipnotizó. Estaba ya preparado para el contraataque.

Por la mañana, todos los siervos estaban en el desván. Salamandra estaba esperando su momento. De repente un siervo se transformó en bicéfalo y atacó a todo el mundo. El rey de la oscuridad se empezó a reír y llamó a los siervos que le interesaban: el bicéfalo, Salamandra y el salvavidas. Con un simple chasquido del obelisco, el bicéfalo se lanzó sobre ellos y los mató, lo cierto era que los pilló desprevenidos. Nadie sabía esto, pero el rey de la oscuridad leía los pensamientos.

- Con el vizconde y la ayuda del salvavidas atacaré al obelisco cuando el bicéfalo desapareciese-, de esta manera salvaré al mundo, pensaba Salamandra.

El obelisco se sorprendió porque no sabía quien era el vizconde. Cuando iba a chasquear los dedos para la muerte de los traidores, Salamandra acabó con el bicéfalo de manera que encontró inútil el esfuerzo de matar al obelisco. Se transformó en humano, cogió un teléfono móvil y llamó a un historiador. Hablaron con él y quedaron en que iría a buscar al obelisco de la prehistoria. Su sorpresa fue que el obelisco no estaba allí. Se supone que está en alguna estatua o algo así, escondido, esperando su momento.

RUBEN COMPANYS LARROYA

(Las palabras en cursiva son palabras sacadas del dictado de clase y elegidas al azar)

Yo, el puro

Era la boda de Patricio. Se celebraba en Francia, en Perpinyan, para ser exactos. Había unos doscientos invitados. Todos cantaban de alegría y bebían cómo unos borrachos. Hasta entonces todo iba bien, hasta que llegó la pesadilla. Un hombre alto y corpulento cogió los puros y entre ellos estaba yo. Los repartió y mi dueño era un hombre muy viejo. Tenía miedo, podía ser consumido y convertido en cenizas. Entonces empezó lo peor:

Me cogió, me giró y me observó, me olía con mucho gusto. Me puso en su boca. Yo estaba a punto de morir. Cogió un cortapuros de meta doradol, medio oxidado, y se dispuso a cortarme una parte de la cabeza. Cada vez se acercaba más y yo temblaba, temblaba mucho. Fue entonces cuando oí lo peor de todo. Mi cabeza crujió y cayó muy lentamente al suelo.

Otras palabras retumbaron mi cabeza, más bien dicho en mi media cabeza. Era el viejo que pronunció las siguientes horribles palabras:

- Tienes fuego, hijo mío.

Mi corazón palpitaba fuertemente aunque parecía que fuera el único que lo notase y entonces oí esto:

- Papa, yo no tengo fuego, pero en esa mesa hay un señor que si tiene, seguro que te lo dejan.

-

Me tranquilicé aunque aún estaba nervioso. El viejo caminaba lentamente y yo estaba entre sus dedos. Llegó a la mesa indicada por su hijo e hizo su pregunta:

- ¿Tiene fuego, señor?

El hombre se dispuso a contestar y su respuesta fue tajante:

- Si, ahora saco el mechero.

La espera duró muy poco, pues le dieron el mechero enseguida . Con los dedos viejos y llenos de arrugas hizo girar rápidamente la rueda de metal del mechero haciendo salir la llama. Cuando estaba a punto de tocarme, pasó lo inesperado.

Una mujer vieja llegó y le arrebató de las manos el puro, es decir, a mi, y le dijo muy enfadada::

- Cariño, no puedes fumar, te lo he dicho mil veces.

-

Me guardó en el bolso y aquí estoy aburrido como una ostra.

RUBEN COMPANYS LARROYA – 1º ESO

El bosque

Las noches eran de horror y el bosque del pueblo, el escenario de crímenes. Muchas personas han caído muertas allí. Todas las mañanas, la policía iba a buscar rastros de cuerpos muertos. Las mañanas también eran muy peligrosas, aunque no tanto como la noche. Siempre había valientes que se adentraban, porque no creían lo que oían, y otros que escapaban de algo y caían tendidos muertos.

Esta era la historia que le contaba a María de las Angustias su madre. Allí, en el bosque que tenían al lado ocurrían tragedias inesperadas. En la cara de la niña, las lágrimas de terror recorrían sus mejillas. Más tarde, un temblor recorría el cuerpo de María de las Angustias. Esa noche fue muy larga para ella. No durmió apenas. En el colegio contó esa historia aterrorizada y los niños se reían de ella. Decidió adentrarse una noche para enseñar a sus amigos que lo que ella decía era cierto y entonces sus amigos le dijeron:

- No vayas, María de las Angustias, que te matarán, le decían mientras se echaban a reír.

- No os riáis, os traeré pruebas y os tragareis vuestras palabras, respondía ella, muy enfadada.

María de las Angustias pensaba si sobreviviría o no; pensó que hacer callar a toda su clase le subiría la reputación y decidió totalmente ir esa noche al bosque. Apenas comió ya que tenía la tripa revuelta y tenía mucho miedo, y estuvo a punto de desmayarse, pero se acordó de la popularidad.

Esa noche había tormenta con rayos, truenos, lluvia y piedra. María de las Angustias se abrigó muy bien y salió a la calle a escondidas de su madre. Corrió y se refugió debajo de un árbol que correspondía al primer árbol del bosque. La tormenta continuó cada vez más fuerte y la niña no podía esperar más, así que se puso la capucha y se adentró en el bosque. Notó que alguien le seguía y adelantó el paso rápido. Cada vez notaba que se acercaba más y echó a correr. De repente las farolas se apagaron y todo quedó oscuro, muy oscuro. La niña lloraba, sabía que moriría, porque por las noches que no dormía, a esas horas las farolas estaban encendidas. La niña retrocedía, poco a poco, y con una rama se resbaló y cayó al suelo. La luz se abrió y automáticamente un lobo hambriento sin que a María de las Angustias le diera tiempo a reaccionar se le abalanzó con brusquedad.

A la mañana siguiente, como cada día, la policía fue a buscar cuerpos, pero se encontraron una gran sorpresa, muy grande. En el escenario habitual del crimen había sangre, sangre humana y sangre animal. ¿Qué pasó con la niña?,¿Sobrevivió?¿A que venía esa sangre de lobo?¿y porque se encendieron y se apagaron las farolas?

RUBEN COMPANYS LARROYA – 1º ESO

Abril 26, 2009

UNA HORA Y QUINCE MINUTOS (Joel Berenguer)

UNA HORA Y QUINCE MINUTOS

Forbiddën Duff, amo de la fábrica cervecera Duff, se casó con Aminerßa Hamënbergen. Esta mujer era asquerosamente excéntrica, ricachona sin escrúpulos, multimillonaria a causa de las pensiones porque había enviudado ocho veces. Este matrimonio tuvo un hijo llamado ForbHaminer y, como manda la tradición, su apellido fue Duff. Ese bebé les llevó a la ruina, y ahora sabrán por qué razón.

En la enorme y aterradora mansión estaban el bebé y su familia celebrando una fiesta que nadie, excepto los que la celebraban, sabían de lo que trataba, ni yo mismo lo sé. El sueño de Aminerßa Hamënbergen siempre fue ser una cantante de ópera, pero, por su desastrosa voz de pito estropeado, no lo consiguió, aunque ella creía tener un excelente nivel. Mostrando su “talento” a los allí presentes, el niño cogió el candelabro inocentemente sin saber el peligro que corría. Al oír esa horripilante voz, el bebé empezó a berrear con unos chillidos ensordecedores, hasta que, con tales aspavientos, tiró el candelabro. Sobrevolando la azotea de algunos comensales, cayó encima de la mesa encendiendo el mantel de seda. Al ver el fuego, los invitados salieron corriendo de la mansión.

Aminerßa, ajena a todo el alboroto, siguió cantando sin que nadie la escuchara. El fuego iba avanzando hasta que alcanzó la larga cola del vestido pero, por mucho que gritara, la gente ya estaba fuera. Intentó apagarlo, pero todos los esfuerzos que hizo fueron en vano. El fuego arrasó todo el gran edificio sin dejar nada. En el incendio murieron Aminerßa y el ciego que tocaba el acordeón. Forbiddën sintió más pena por éste último, ya que sólo se casó con Aminerßa por dinero.

El bebé fue repudiado por todo el pueblo. La noticia no tardó en extenderse por todo el condado, hasta que llegó a oídos del gobernador. Cuando la oyó, este último montó en cólera, ya que Aminerßa era su amante en secreto, nadie lo sabía, excepto las típicas chismosas que lo saben todo. Mandó que lanzaran a ForbHaminer con una catapulta. Al día siguiente, como se ordenó, colocaron a ForbHaminer en el aparato y lo lanzaron cuanto antes, para borrar el temor que sentían los supersticiosos y analfabetos pueblerinos.

A la velocidad de la luz, el bebé llegó a la Antártida, estrellándose en un iceberg. Los pingüinos se asombraron al verlo allí, preguntándose cómo había llegado a esa zona. Una familia lo adoptó como hijo para guardarle del frío y alimentarlo con el fin de que no muriera. Cuando ForbHaminer fue un niño, se preguntó se podría ayudar a los pingüinos en algo e intentó pensar en la forma de ordeñarlos.

Al cabo de un cierto tiempo la CIA viajó a la zona donde estaba ForbHaminer en busca de alienígenas. Aunque sólo encontraron pingüinos, no se cansaron, hasta que apareció el niño bebiendo leche de pingüino al que antes había ordeñado. La CIA le adoptó y se lo llevó a su escuela para instruirlo, ya que era un analfabeto.

Cuando hubo hecho las clases para sacarse el título, se licenció para infiltrarse entre terroristas de la ATA (Asociación de Terroristas Alemanes) con el fin de eliminarlos uno por uno. Aunque su éxito no duró mucho tiempo, su fama se extendió por todo el mundo y acabó ganando premios desde “mejor empleado del sector” hasta “mejor infiltrado del mundo” a causa de que acabó con toda la ATA, incluso mató al mandamás de los mandamases. Pero su fama terminó por culpa de la dichosa burocracia. Se descubrió que ForbHaminer robaba grandes cantidades de dinero proveniente de las arcas del BPC (Banco Privado de la CIA).

Ahora ForbHaminer Duff es un adolescente cuyo acné ha acabado por salirle hasta en los mocos. Perseguido por la policía, vive en las cloacas de una chabola medio destruida. Lo que más le gusta, a pesar de su poco dinero, es ir de compras al “Körte Ingléß” (Corte Inglés® alemán) pero tiene que ir disfrazado para que no le reconozcan. Para desayunar, normalmente, come tres escarabajos y una rata cuyos nutrientes son 0%. Si te lo encuentras, irá vestido con pañales sucios sacados de un estercolero o con la última moda punk. Seguro que lo encontraréis jugando con sus nuevos amigos, Spiderman y el Inspector Gadget, cerca de la vieja fábrica de horchata “Hørtchen” escondiéndose en el pozo seco. Por las noches se convierte en vampiro y es mejor que no vayáis a su casa, porque os robará todos los objetos de valor y os comerá, si es que puede… Una cosa la tengo clara: siempre que puede entra de polizón en un avión y viaja a la Antártida para poder ordeñar a sus amigos los pingüinos.

Pero lo más extraño es que esta historia ha ocurrido en: ¡Una hora y quince minutos!

… No hay nada imposible

PD: [Para poder leer bien algunos nombres el sonido “ß” se pronuncia “ss”, el sonido “ø” es una “o” muy corta y la diéresis no influye en las vocales.]

JOEL BERENGUER.

Abril 26, 2009

MIS NUEVOS VECINOS (Sonia Peralta)

MIS  NUEVOS  VECINOS

Eran nuevos en la ciudad. Mis nuevos vecinos de la casa de al lado. Mi familia y yo fuimos a visitar a la pareja para darles la bienvenida. No nos sorprendió ver que aún lo tenían todo empaquetado; en cambio, a ellos les sorprendió nuestra visita.

Por una parte, me parecieron extraños porque eran bastante pálidos y tenían una ojeras de falta de sueño, también eran bastante delgados y, sobre todo, muy callados. De las pocas cosas que dijeron, nos explicaron que eran de Transilvania, aunque hablaban muy bien nuestro idioma y habían venido hasta aquí porque les gustaba mucho el país y no les habían gustado sus otros hogares.

Esa misma tarde vino Borja a casa y le expliqué cómo eran mis nuevos vecinos. Nos asomamos a la ventana, pero las ventanas de su casa estaban cerradas.

Ese día se quedaba Borja en casa a dormir. Nos asomamos otra vez a la ventana y esta vez vimos cómo el matrimonio salía de la casa con expresión cansada.

Volvimos a centrarnos en el juego del que estábamos pendientes.

Cerca de la medianoche, cuando aún estábamos despiertos, nos sobresaltó una risa aterradora proveniente de la calle, nos miramos asustados y, a escondidas, miramos a través de la ventana. Estaba cayendo una tormenta de espanto.

En ese momento se me congeló la sangre, porque entró un murciélago en la ventana de enfrente que al instante se convirtió en mi vecino, pero esta vez tenía unos grandes colmillos ensangrentados.

SONIA PERALTA NICOLÁS

Abril 26, 2009

TRISTE NOCHE EN EL CEMENTERIO (Claudia Colén)

TRISTE NOCHE EN EL CEMENTERIO

No se esperaba nadie una muerte como aquella, fue visto y no visto.

Nadie se imaginaba que moriría en el cementerio, enfrente del nicho de su marido.

De repente, empezaron a caer aquellos rayos tan fuertes; todo el rato se oían aquellos estruendosos truenos; el cielo empezó a oscurecer por momentos; la mujer se encontró sola en el cementerio. Empezó a sentirse mal, no le dio tiempo ni pedir ayuda, su corazón dejó de latir, y se desplomó a los pies de la persona que más quería y amaba.

En la triste y oscura noche siguió lloviendo.

CLAUDIA COLÉN

Abril 26, 2009

MASA DURA Y QUESO QUEMADO (Pablo Orús)

MASA DURA Y QUESO QUEMADO

Otra vez, la pizza del jueves estaba asquerosa.

Se lo había dicho una y mil veces, que la hiciera de otra manera, que la masa estaba muy dura y el queso estaba quemado, pero seguía haciéndola igual de mal.

¿Por qué no me cambiaba de restaurante? Porque había de andar media hora para llegar al siguiente, y en el trabajo me dejaban una hora para comer.

¿Por qué no pedía otra cosa? Porque el menú del jueves era una pizza margarita y no me llegaba el sueldo para pedir la carta.

Yo creo que aquel repugnante cocinero lo hacía adrede. Me lo imaginaba en la cocina, cogiendo harina pasada de fecha, y poniendo la pizza cerca del fuego hasta que el queso se volvía negro.

El tomate estaba puesto de forma exagerada, y entre la masa y el queso había dos centímetros de tomate picado, con lo que era imposible morder sin mancharse. Además, los muy imbéciles te ponían una diminuta servilleta de papel, del tamaño de un clínex, y un cortapizzas tan afilado que rayaba el fondo el plato.

Un día, le pedí al cocinero que viniera a mi mesa. El hombre se me plantó delante y yo me levanté, aún con el cortapizzas en la mano y le expliqué lo que pensaba de su pizza.

Le di justo en medio de los ojos.

PABLO ORÚS

Abril 26, 2009

ASESINATO EN LONDRES (Irene Sánchez)

ASESINATO EN LONDRES

Cada vez que lo recuerdo se me revuelve el estómago. Aquel asesinato era el más sangriento de todos los que había resuelto hasta la fecha.

Fue hace unos dos años. Era noche cerrada en las calles de Londres y yo me dirigía a mi casa cuando me llamaron al móvil. Era el jefe. Quería que fuese a una casa por un caso de homicidio. Me avisó de que llevara alguna bolsa de plástico.

Llevé tres bolsas pequeñas. Ya me imaginaba que sería algo muy sangriento, pero no tanto. Nada más llegar a la puerta, tuve que usar una por el olor tan nauseabundo que había en el ambiente. Abrí la puerta y ya tuve que utilizar la segunda, porque todo estaba lleno de sangre.

En las paredes había marcas de como si hubiesen disparado a la cabeza de alguien; pero no era ese el motivo: la víctima iba envuelta en pequeñas bombas antes de morir, que fueron explotadas a medida que entraba en la casa. Al llegar al fondo y ver el cadáver, usé la tercera y última bolsa. Del cuerpo, si todavía se le podía llamar así, sólo quedaban el esqueleto y las vísceras. Tenía entre aquello que antes fueron manos la foto de una pareja. Señalaba a la mujer. Más tarde se supo que el cuerpo era el del hombre de la foto.

IRENE SÁNCHEZ

Abril 26, 2009

DE FIESTA A FUNERAL (Brenda Cónsul)

DE FIESTA A FUNERAL

Mi infierno empezó el día en el que a mi vecina del quinto se le ocurrió la genial idea de vender su piso. Ella decía que ese piso no era lo suficiente bueno para su nivel.

Repartió anuncios: “Se vende piso en buenas condiciones y a un precio razonable con tres habitaciones, cuarto de baño, cocina y salón”. A cada cinco pasos que dabas en la calle, había un cartel.

Un día de aquella semana oigo el timbre de mi piso, abro la puerta y era mi vecina, me venía a decir que ya había vendido el piso; yo le pregunté que a quién, pero ella no me contestó y se marchó con prisa. Aquella noche me acosté a las 2:00 de la madrugada, con un sueño terrible, y cuando ya había conciliado el sueño, oigo una música de rock en el piso de arriba, justo en el que estaban los vecinos nuevos. Después de la música, empezaron a cantar y a dar golpes, después de seis horas de escándalo, pararon.

Esto fue lo que ocurrió la primera noche, pero es que la segunda fue peor, y tal y como iban pasando los días, las noches en aquel bloque eran más escandalosas. Todo el vecindario se quejaba. Intentamos hablar con la dueña, pero no dimos con ella: igual que si se la hubiera tragado la tierra.

Después de dos semanas de ruidosas noches, cuando todos los vecinos del quinto se habían dormido, le di un poco de holgura al tubo de gas de su piso y se quedaron dormiditos y sin volver a hacer ruido. Nunca más.

BRENDA CÓNSUL

Abril 26, 2009

PARECE QUE LLOVERÁ (María Pardo)

PARECE QUE LLOVERÁ

Y lo hubiera hecho.

Y me hubiera reído de aquel que sumido en el mayor temor osara contarme algo similar. Jamás lo hubiera creído aunque me lo juraran cien veces. Por esto no espero ni pido que creáis este relato, pues estaría loca si lo esperase. Sin embargo, no estoy loca, y tampoco es una simple pesadilla, podréis comprobarlo mañana mismo cuando mi cara aparezca en la portada de todos los periódicos anunciando mi muerte. Porque sé que esta noche moriré. Muerta. Con los ojos desencajados, entreabierta la boca, blancos los labios, muerta, muerta de horror. Así me encontrarán mañana.

Mi propósito inmediato es presentar al mundo, sucintamente, una serie de terroríficos descubrimientos que he llevado a cabo durante esta última y horrible tarde.

La cruel verdad es que, por alguna razón, siempre me había sido ocultada, hasta este momento.

Por mucho que intente alejar de mi mente estos pensamientos, no puedo evitar abandonarme a la evidente realidad, pues, una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desmanda y al que no sirve de nada tirar de la rienda.

Comenzaré el relato; haré al mundo sabedor de ello, creyendo así que es la mejor manera de aprovechar el poco tiempo de vida que me queda.

“Parece que lloverá. Por unos instantes alzo la mirada de la pantalla del ordenador para dirigirla a la ventana. Efectivamente, no tardo en divisar unas alarmantes nubes grisáceas que se abren paso con gran agresividad entre los altos tejados de las casas. Hacía ya rato que los débiles pinchazos en mi barriga me advertían de ello. Me ocurre a menudo; cuando se aproxima una fuerte tormenta, la peculiar cicatriz en forma de cruz que atraviesa mi vientre inicia su habitual dolor. La verdad es que nunca ha tenido muy buen aspecto, y no puedo negar que sea un tanto antiestético, pero me he acostumbrado a convivir con ella. Mi cicatriz me ha acompañado prácticamente desde que nací. Mi padre me explicó que cuando tenía tan sólo un año tuve que someterme a una complicada operación de corazón, la cual dejó esta desagradable huella.

Papá no está en casa, ha tenido que salir urgentemente a uno de sus típicos viajes de trabajo, y es posible que no regrese hasta el amanecer. Llegará, entrará en mi habitación y sigilosamente me despertará con un dulce beso en la mejilla, no sin antes haber depositado a los pies de la cama mi regalo de cumpleaños. Sí, porque mañana cumplo dieciséis años.

Absorta en estos pensamientos, reparo en que aquella reluciente sonrisa que descansa en esta foto desde hace quince años, tan habitual pero tan desconocida a la vez, se ha convertido repentinamente en mi centro de atención. De repente, un fuerte pinchazo recorre mi vientre. La cicatriz. Caerá una buena esta noche.

Habría pasado horas y horas durante todos estos años observando aquella foto de mamá, pero ahora, sin poder siquiera evitarlo, advierto cómo una lágrima desciende lentamente por mi mejilla mientras miro la foto. Quizá porque mañana se cumplen ya quince años de su muerte. Quince años de silencio, quince años lanzados al olvido, pues apenas sé nada de ella.

Papá siempre ha evitado hablar del tema. Lo poco que sé de mamá es que murió en un accidente de coche, justamente el día de mi primer cumpleaños. Sí, suena muy típico, pero es lo que mi padre me dijo desde un primer momento y, por lo tanto, lo que supuestamente yo tengo que creer. En alguna ocasión también me contó que era médico, y que trabajaba en un hospital de aquí de la ciudad.

Por lo que había ido investigando, hace quince años en la ciudad había únicamente un hospital, el psiquiátrico.

Este centro psiquiátrico, como todo centro psiquiátrico abandonado, se ha convertido en sujeto de muchas habladurías, y aquí todo el mundo conoce a la perfección que está maldito y la historia que se esconde tras él, la cual no es en absoluto menos terrorífica que las demás. Por esa razón me inquieta pensar que mi madre algún día trabajara en aquel horrible lugar. De todas formas, en un principio no tengo por qué preocuparme, pues he intentado preguntárselo en miles de ocasiones a mi padre y sin poder disimular su nerviosismo, lo ha negado, y ha cambiado rápidamente de tema.

Todo comenzó quince años atrás, fecha en que también el hospital cerró y quedó abandonado, para pasar únicamente a ser el centro de las leyendas urbanas de la ciudad. Es lógico que algo extraño pasó, pues un edificio sanitario como tal no se cierra de la noche a la mañana, pero realmente cuesta creer la cuestionable realidad que cuentan las malas lenguas.

Se cuenta que era una de las primaveras más espléndidas de la historia. El calor y el buen tiempo lucían desde semanas atrás, y los campos y jardines habían alcanzado su máxima belleza. Pero, de repente, rompiendo esta grata armonía hizo aparición una semana de fuertes tormentas que descargaron toda su ira provocando grandes inundaciones y arrasando con todo. Con las horribles tormentas, llegaron también una serie de extrañas desapariciones al centro psiquiátrico. Jamás había habido problemas con la vigilancia, pues el centro cuidaba con extrema precaución ese aspecto. Había guardias en toda puerta de salida e incluso cámaras de vigilancia en los pasillos y habitaciones. Pero aún con todo, y para conmoción de todos, es cierto que llegaron a darse hasta quince desapariciones. Nadie supo qué fue lo que pasó, ni cuándo, ni cómo, lograron los pacientes escapar. Y no sólo eso, sino que la incógnita se extiende también a cómo supieron burlar, una vez fuera, las medidas de seguridad que tomó la policía en Ia vana búsqueda por la ciudad de los deficientes mentales.

Todo este ritual de desapariciones se inició aquella trágica semana de tormentas. En un principio, se atribuyeron a los constantes apagones, los cuales habían supuesto una debilitación de la vigilancia. Pero estos testimonios no sirvieron sino para calmar las inquietantes sospechas y temores que afloraban en las mentes de los ciudadanos.

Lo cierto es que aquella semana no fue más que el comienzo, por lo que la barata excusa de los apagones de luz perdió fundamento, y comenzó a calificarse al hospital como un lugar inseguro. Tras aquellas cinco primeras intrigantes desapariciones, se sucedieron periódicamente otras diez. Cuando la cifra había alcanzado las quince, los enfermos fueron siendo trasladados a otros centros psiquiátricos por sus familiares, los cuales, atemorizados, huían incluso de la ciudad, y, poco a poco, el hospital fue quedando vacío hasta tener que cerrar sus puertas.

Entre tanto, aquellas últimas horribles semanas las enfermeras y trabajadores del hospital huían detectado alguna que otra intrigante anomalía higiénica. Desde hacía días un olor nauseabundo se extendía por todos y cada uno de los pasillos del hospital. En un principio, no se le dio importancia, pero con el paso de los días aquel olor putrefacto fue ganando intensidad, hasta el punto de hacer imposible la vida en el interior del centro. Junto a este extraño hecho estaba el del agua. Poco antes de cerrar definitivamente el centro, se habían percatado de que el agua había ido adquiriendo un peculiar color amarronado, que fue ganando también intensidad con el paso de los días, como si se hubiera sincronizado con aquel olor putrefacto, hasta llegar a adquirir un color granatoso. Nunca antes habían tenido ningún tipo de problema con la potabilidad del agua en la ciudad, y todo aquello parecía muy extraño. Varias empresas fontaneras estudiaron la situación, y, tras abrir e inspeccionar el interior de una de las cañerías, y tras comprobar que el interior de absolutamente todas las cañerías del edificio se encontraban en un estado similar, y sin lograr encontrar cualquier otra explicación lógica, quizá un poco menos terrorífica, tuvieron que resignarse a dar la noticia. De tal forma que quedó al descubierto el origen conjunto de aquel olor nauseabundo que invadía todas las estancias y el color granatoso del agua. Todas y cada una de las cañerías, por muy increíble que parezca, estaban repletas de una materia viscosa en proceso de putrefacción que despedía un olor prácticamente mortal. Carne humana.

La gente prefirió dejar las cosas como estaban y no indagar más, pero la realidad era evidente. De forma que, tras este horrible suceso, se conoció irremediablemente el paradero de aquellos quince pobres enfermos. Por mucho que lo intentaran negar, estaba claro que en el hospital alguien se había dedicado a ir matando y descuartizando uno a uno a todos aquellos cuerpos, para ocultar tras el asesinato los cadáveres en las cañerías del edificio, y quizá ese alguien había trabajado junto a mi madre.

Me basta con pensar en esto, con imaginarme el desastre sucedido, para sentir como un escalofrío recorre todo mi cuerpo. De nuevo la cicatriz. Nunca antes los pinchazos habían sido tan agudos.

De pronto me doy cuenta de que en estos quince años, nunca antes me había decidido a iniciar una búsqueda por toda la casa con el fin de encontrar algo que identificar con ella, algo que me ayudara a comprender mejor cómo eran mi hermano y mi madre, ya que mi padre parecía no estar dispuesto a poner mucho de su parte.

Sin pensármelo dos veces, y como si fuera mi instinto el que me guiara, me decidí a subir al desván. No tardé mucho en encontrar una vieja caja de cartón perfectamente cerrada, envuelta en una gruesa capa de polvo que me confirmó que había permanecido intacta durante al menos quince años. Me costó gran esfuerzo, pero logré abrirla. El interior de la caja estaba lleno de viejas cintas de video. Las fui sacando una a una, con cuidado. Aparentemente, eran todas iguales; una portada blanca con una pequeña cruz roja en la parte inferior. Aquella imagen me recordaba a algo. ¡Mi cicatriz! Sin apenas darme tiempo de asimilarlo, me di cuenta de que aquella figura tenía un perfecto parecido a mi cicatriz. Intrigada, abrí las cintas de video. En el interior, relucía una pegatina blanca, con la perfecta letra de mamá que escribía “Cumpleaños de la tía Carmen”. Dudé un instante, pero que yo supiera en mi familia no había ninguna “tía Carmen”. Continué mirando. “Cumpleaños del tío Carlos”, “Cumpleaños del tío David”. .. En todas ellas, hasta quince, estaba escrito el cumpleaños de tíos inexistentes. Cada vez estaba más intrigada. Decidí bajar al salón, y ver todas aquellas cintas. Tal vez en alguna de ellas aparecieran papá y mamá.

Introduje una de las cintas en el video. No pasó nada. Tras varios minutos, cuando estaba ya apunto de sacar la cinta pensando que estaba en blanco, una habitación de hospital apareció en la pantalla. La imagen era en blanco y negro, aquel amueblado antiguo, y aquella mujer solitaria, tumbada indefensamente en la cama,le daba un aire fantasmal a la secuencia. Pasaron varios minutos y la misma imagen permanecía, tan sólo con la alteración de algún leve movimiento realizado por la muchacha que yacía tristemente en la cama.

Entonces fue cuando una enfermera entró en la habitación con paso decidido, y con movimientos decididos también cerró la puerta con llave. A jurar por la expresión de pánico que se apoderó de la enferma, aquel movimiento por parte de la enfermera no debía ser muy normal. El, rostro de la enfermera quedaba oculto en todo momento, pues aparte del gorro que ésta lucía, daba siempre la espalda a la cámara. La enferma inyectó algo en el brazo de la muchacha, y ésta quedó profundamente dormida. Pensé que se trataría de la grabación de alguna de las cámaras de vigilancia del hospital en que trabajaba mi madre. Nada extraño ocurrió hasta que, para mi sorpresa, la enfermera comenzó a desnudar violentamente a la mujer con una habilidad sobrenatural. Una vez hubo lanzado al suelo con fuerza todas y cada una de las prendas que llevaba puestas la muchacha, observé aturdida cómo extraía un enorme cuchillo de uno de los bolsillos de su bata. Sin mirar en ningún momento a la cámara, comenzó a abrir en canal el vientre desnudo de la muchacha. Un río de sangre comenzó a surgir como por arte de magia de todo punto que tocaba el filo del cuchillo. Un río, que fue a desembocar al suelo, convirtiéndolo al poco en un terrorífico mar rojo. Tanto su frialdad como su habilidad a la hora de deslizar el afilado cuchillo sobre la piel de la joven me dejó boquiabierta, los trazos eran rápidos y firmes, mejores de lo que podrían haber sido los de una obra del más preciso delineante. A este profundo corte, le unió otro en horizontal. Cuando hubo terminado, pude comprobar la perfecta cruz que ahora estaba dibujada. en el vientre de la joven. Una cruz idéntica a la mía. Me estremecí como jamás me había estremecido.

Tras esto, aquella loca mujer estalló en horribles carcajadas que quedarán para siempre grabadas a fuego en mi memoria. Al parecer satisfecha con su dibujo, se dispuso a iniciar una faena más complicada y terrorífica todavía. Violentamente, como si de un salvaje carnicero se tratara, comenzó a descuartizar el cuerpo. En apenas unos minutos, el cuerpo que anteriormente yacía sobre la cama era totalmente irreconocible. Un sinfín de trozos de carne se esparcían sobre la cama. La mujer, eufórica, endemoniada por la locura, se giró de repente y le dirigió una escalofriante sonrisa a la cámara. Yo, frente a la televisión del salón, no me tenía en pie. Todo mi cuerpo se batía en fuertes convulsiones y sentí que el corazón iba a saltar de mi pecho en cualquier momento. ¡Era mamá! No podía creer lo que estaba viendo. Aquella loca asesina era idéntica a la de la foto que descansaba desde hacía quince años sobre mi mesita de noche.

Entre sollozos logré sacar la cinta del aparato de video. No sé de dónde saqué el valor. Pero lo cierto es que sin darme cuenta ya había metido otra cinta en el interior del video. Esta cinta no la había visto antes, hacía el número dieciséis. Era idéntica a las otras, pero en la etiqueta blanca del interior estaba escrito: “Primer cumpleaños de Verónica”. Mi cumpleaños.

De nuevo, tras unos minutos con la pantalla negra, apareció en la pantalla la misma habitación de la otra cinta, limpia de todo río, limpia de todo mar, la misma habitación en que aquella madre loca había llevado a cabo su triunfal matanza. Pero esta vez no había nadie tumbado en la cama. Había algo que llamó todavía más mi atención. En el centro de la habitación, junto a la cama un carrito de bebé estaba aparcado. El bebé comenzó a llorar, y justo en aquel momento apareció una enfermera. Aquel paso decidido, aquella forma de cerrar la puerta con llave… lo reconocí al instante, era mi madre. Mis temores se confirmaron, aquel bebé era yo. Mi madre, sin muestras de agresividad alguna me cogió en brazos con todo el cariño que una madre es capaz, y comenzó a mecerme hasta que mi llanto cesó. En aquel momento, la locura pareció llegar a la habitación como una gran ventisca, y descargó toda su ira contra mi madre. Recobrando la personalidad animal con la que la había visto actuar en la otra cinta, me lanzó sin miramientos sobre la cama y comenzó a desnudarme. De nuevo el cuchillo. Aquel afilado cuchillo que recordaré siempre. Yo lloraba y pataleaba como jamás he visto llorar a nadie, pero la furia de mi madre no tuvo problemas para luchar contra mi indefenso cuerpo, que en un segundo estuvo completamente inmovilizado y con un corte que lo abría en canal. Alternando su violencia con estridentes carcajadas, mi madre, loca, comenzó a trazar un corte perpendicular al ya sanguinolento corte trazado. No pude aguantar más y me tapé los ojos. Sabía que el suceso no iba a poder ir mucho más allá, la cinta acabaría en breves momentos, porque de no ser así haría ya quince fatídicos años que habría muerto. Pero como podréis imaginar aquellas imágenes habían hecho llegar a mí todo el pánico que un cuerpo es capaz de soportar. Estaba completamente fuera de mí. De repente, cuando un sudor frío había cubierto todo mi cuerpo, mis ojos se había desencajado y una palidez mortal había descolorido mis mejillas, vi cómo la puerta de la habitación de la pantalla cayó al suelo. El fuerte estrépito hizo que el cuchillo saltara

de la mano de la asesina y volara por los aires hasta perderse tras la ventana en el abismo de la noche. Mi padre se abalanzó sobre mi madre con una furia sobrenatural y la inmovilizó. Mamá estaba completamente loca. Comenzó a dar fuertes patadas y a agredir a mi padre, que cayó al suelo, dejando el paso libre a mi madre loca. Ésta, con una expresión diabólica en el rostro, y sin dejar de reír un solo instante, huyó corriendo de la habitación como alma que lleva el diablo, para no volver jamás.

La pantalla quedó completamente negra. La violencia con la que el corazón me latía era extrema. Todavía no sabía muy bien qué me aterrorizaba más, saber que mi madre se acababa de convertir en la famosa asesina del psiquiátrico maldito o el hecho de que era posible que no estuviera muerta. Pensar que había intentado matarme ya en una ocasión. Pensar que esta noche se cumplían quince años de su supuesta muerte. Quince años del cierre del hospital. Quince cintas de video. Quince desapariciones. Quince muertes. Hoy se terminaban mis quince años. Hoy se terminaban mis años. ¿Quién podía asegurarme que esta noche no regresaría?”

Lo sé. Sé que suena absurdo. Sé que son demasiadas coincidencias, demasiados descubrimientos en tan sólo una tarde. Pero si no estaba segura de su total veracidad, la cinta que acabo de encontrar en el fondo de la vieja caja, mientras escribía este relato, ha confirmado mis horribles sospechas. Es una cinta como las demás. Nada de especial. Solamente el título de la etiqueta. “Decimosexto cumpleaños de Verónica”. Todavía no he tenido el valor de poner la cinta. No antes de acabar el relato. No antes de estar segura de que esta verdad será conocida por el resto del mundo. Porque algo me dice, quizá el dolor profundo, el río de sangre que ha comenzado a derramar mi cicatriz desde que he visto aquella segunda cinta, o la lluvia que ha comenzado ya a caer, que en el momento en que comience a ver esta tercera, basada en el suceso que probablemente ocurra esta noche, basada en mi propia muerte; moriré.

En un intento de salvarme, quizá sería más lógico no ver esta cinta. Pero desde el momento en que he subido al desván, algo me decía que la muerte me acechaba, y como sería negar lo evidente, meto la cinta en la ranura y pulso play.

Como esperaba, la pantalla sigue negra durante unos minutos. Al fin, una sala extremadamente conocida por mí, aparece en la habitación: el salón de mi casa. Allí, en medio de la pantalla, observo una persona sentada en uno de los sofás, frente a la tele, escribiendo en un papel. Lentamente, me giro en busca de la cámara de vigilancia, que a juzgar por el ángulo desde el que está enfocada la imagen, debe de estar sobre la puerta de la cocina. Sabiéndolo, pues aquella ya conocida y estridente carcajada me lo confirma, acabo de entrar de frente en el error más terrible de mi vida.

No logro distinguir una pequeña cámara sobre la puerta, pero sí consigo ver cómo la figura de una mujer se aproxima, llevada por la locura, corriendo hacia a mí con un enorme y afilado cuchillo en la mano.

Un mar rojo se extiende a mis pies.

MARÍA PARDO

Abril 26, 2009

EL SECUESTRO DE LOS MONEGROS (Álvaro Labat)

EL SECUESTRO DE LOS MONEGROS

Tras varios días de la desaparición de Abel, llegaron a la conclusión de que había sido secuestrado.

Los secuestradores no debían andar muy lejos, puesto que la policía se había puesto en marcha rápidamente. Estaba en un radio de 50 km partiendo de Fraga.

Muchas semanas más tarde, el cuerpo de Abel García Cortés había sido encontrado en el bosque de Monegros, despojado de sus ropas y con un rostro muy pálido. Al parecer, había muerto, ya que cuando el forense hizo el análisis de las causas de la muerte descubrió que le habían suministrado veneno. La policía científica trató de descubrir de quién eran las huellas que aparecían sobre lo labios de Abel. Cuando tuvieron los resultados del informe, se reunieron todos en una gran sala para revelar la identidad del secuestrador y asesino.

En el momento citado, el detective desapareció.

ÁLVARO LABAT